Paisajes de dolor

Querida abuela,

Después de muchos años de reproches, de intentar separarme de tu voz y arrancar las espinas que has sembrado en mi sombra y que me pinchan, me clavan en tu terreno y me reclaman una y otra vez, como si siguiera siendo un esquema simple de una niña, unos trazos de lápiz que no pueden cambiar, un garabato clavado en el tablón de anuncios en el que podías mostrar al resto del mundo lo “normal” que era tu vida, que éramos todos.

Después de muchos años he empezado a odiarte en voz alta, dejando que retumbe en las paredes de mi habitación y que mis labios pronuncien un credo distinto. Me he convertido en un hereje en tu contra y, poco a poco he ido perdiendo el miedo a tu hoguera.

Sigo oyendo tus ecos, ente tú y yo la distancia no está vacía. El aire se vicia con imaginarios sonidos desde tus labios ya muertos y yo erijo fortalezas ante los fantasmas. Somos como dos ciudades distantes, inmersas en lenguajes distintos y ondeando banderas enemigas.

Pero a veces me asaltan tus espías, me acorralan en las tareas cotidianas usando perversas estrategias de chantaje, golpes bajos para tumbarme rápidamente y dejarme sin respiración mirando otra vez al pasado.

Vuelve tu voz del pasado, vuelvo a ser una niña y nos veo a ambas doblando sábanas mientras tú me cuentas lo mal que lo pasabas cuando de niña estabas trabajando de sirvienta en una casa y desde las ventanas podías ver a la distancia la sierra donde estaba la casa de tu madre. Y sabías que tu madre y tu abuela estaban allí, y llorabas y llorabas y querías volver, pero te veías condenada a fantasear con la huida que te devolviera a esa imagen de felicidad infantil cruelmente arrebatada de tus posibilidades por la realidad de la posguerra y la acuciante necesidad económica.

La distancia que yo he querido imponer entre tú yo, fantasma, es un acto de rebeldía propiciado por esa misma cantidad de kilómetros, esas rocas, laderas y grupo de árboles escalando aquella sierra. Cómo te afanaste tú en evitar que existiera semejante distancia entre tú y el resto del mundo se repitiera, cómo te aferraste a cualquier lazo elemental entre tu cuerpo y otros…

Puedo sentir esa distancia, dolorosa, forzada en una necesidad acuciante de que el espacio se pliegue y te acerque, aunque sea escasos centímetros más, a esa imagen venerada de seguridad.

Puedo ver en tu corazón esa semilla de incomprensible odio hacia esa figura sagrada—orígen de amor, origen de seguridad y de familiaridad, núcleo mismo de tu esencia—que no sabrás cómo erradicar y arrancar una vez germine.

¿No odiaste, aunque fuera momentáneamente a esas figuras que se materializaban en bruma, ajenas a tu presente, en aquellos momentos observando a la distancia la sierra extremeña? ¿No les rogaste que te levantaran semejante exilio a tan tierna edad, que acortaran mágicamente aquella distancia que te separaba de ellas?

¿no deseaste fundirte nuevamente en la seguridad del infante, aquel que está exento de los problemas y asuntos de los adultos y que puede sobrevivir sin saber lo que es exactamente la pobreza de dinero mientras se materialicen los cuidados que le aporta el adulto?

Una vez más lo consigues, abuela, que mi odio se transforme en comprensión, que me vea ahí reflejada y me desarme a mí misma para acogerte, aunque sea momentáneamente, en el amparo de la empatía.

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